TÍTULO:
SYMPHONY
AUTORA:
Susanne Barringer
EMAIL:
sbarringerARROBAusa.net
TIPO:
MSR
SPOILERS:
Ninguno
RESUMEN:
La música muestra una cara de Scully que Mulder nunca había visto.
DISCLAIMER:
Los personajes los tomé prestados de Chris Carter, 1013 y Fox. Sin infracción
intencionada.
Estoy
pasando a ordenador el informe de un caso cuando Mulder entra en el despacho
y deja dos entradas en mi escritorio.
-
¿Quieres venir conmigo?
Miro
las entradas. Sábado por la noche, la Orquesta Nacional Sinfónica en el
Centro Kennedy. Vaya.
-
¿Lo dices en serio? (no pienso en Mulder como el tipo de persona a la que
le gusta esa música) -. ¿Y encima la orquesta nacional?
-
Sí, sé que querías ir.
De
repente recuerdo la conversación que tuvimos hace varias semanas. Yo estaba
leyendo el periódico durante el almuerzo y comenté que la orquesta iba a
interpretar la Sexta Sinfonía de Beethoven y la Segunda de Rachmaninov, dos
de mis favoritas. Fue un simple comentario, algo a lo que ni siquiera
esperaba que Mulder prestara atención, sin hablar de que lo recordara. No
puedo creer que consiguiera entradas. Me encanta la música clásica, pero
no es algo en lo que malgaste el dinero. Recojo las entradas, estudiándolas.
Cuarta fila de orquesta. Tales asientos son imposibles de conseguir en una
ciudad repleta de gente importante que tiene los contactos adecuados.
-
¿Cómo conseguiste las entradas? Estos asientos son increíbles.
-
Amigos en sitios bajos - responde, con una sonrisa burlona.
Sé
lo que quiere decir: los Pistoleros Solitarios. Tengo miedo de preguntar.
-
Oh, Dios, no me digas que son falsificadas – bromeo.
Mulder
ríe.
-
No, pagué por ellas. Honradamente.
Prácticamente
me costaron mi salario de un año. Langly se limitó a cambiar un poquito
las reservas. Nada importante. Algún senador se encontrará en el
entresuelo, justo en medio de los electores a los que prometió representar.
-
¡Mulder! – intento parecer enfadada, pero lo cierto es que no me
preocupan los métodos poco honestos de Mulder. Iré al concierto y moriré
por ese asiento. El senador del entresuelo tendrá que negociarlo.
-
¿Quedamos a las siete en mi apartamento? – sugiere.
-
Puedes contar con ello.
*****
Estoy
sentada, esperando que el concierto empiece, esperando el momento, que sé
que llegará. El momento de la rendición, de perderme en la música. Es
como ser hipnotizado, entrar en uno mismo para perder la conciencia del
tiempo y del lugar. Es lo que más me gusta. Por ahora, miro y escucho,
concentrándome en notas, en sonidos de instrumentos entre el todo. La
relajación de las cuerdas, los gritos de los instrumentos de viento y de
madera. El sonido atraviesa mi cuerpo, llamando a algún núcleo de
conocimiento interior, de experiencia universal. Me concentro en los arcos
de los violines y violas, acariciándolos en perfecto ritmo con la música y
en el momento justo. Las puntas de los arcos flotan sobre las cabezas de los
intérpretes, planean durante una fracción de segundo, luego caen
abruptamente, en armonía, como un todo. Entonces llega otra vez la rebelión
de los arcos, siempre juntos. El movimiento me hipnotiza. Cualquier otro
movimiento es mucho más sutil, menos fluido. Los dedos que revolotean sobre
las teclas, los leves movimientos de muñeca de los percusionistas. Nunca me
había sentado tan cerca. Nunca lo había visto con todos sus gloriosos
detalles. Las notas y melodías me rodean, nos rodean. Finalmente empiezo a
sentir la sensación de abandono, de perderme en mí misma. Cierro los ojos
para concentrarme más totalmente. Siento a Mulder a mi lado, me roza el
brazo. Sus brazos están cruzados sobre su pecho, y su mano derecha bajo su
codo izquierdo, contra mi brazo. Solamente soy consciente de esto y de la música,
en un acoplamiento externo e interno que nunca antes había sentido. Perdida
en la música, llevada lejos de este tiempo y lugar, con Mulder a mi lado,
librándome de estar sola. Entonces él me mira. Le siento darse la vuelta,
pero no me importa. Dejo seguir a la hipnosis, dejo que la música me tome,
respirando y suspirando sobre mí antes de que mi cuerpo desaparezca en
ella. Me rindo a los instrumentos, que hablan sobre la felicidad, sobre la
alegría, a la deriva en el oscuro toque del tambor. Las vibraciones
resuenan a través de mí, bajo mis pies, sobre mi asiento, en mi médula
espinal. Soy consciente de la gente a mi alrededor, respirando, crujiendo,
llenándose sus oídos con lo mismo que llena los míos. La amplia extensión
de la sala se estrecha más y más hasta que sólo soy consciente de mí y
de la música. Y de Mulder. A mi derecha, siempre conmigo.
*****
Mulder
me separa de la muchedumbre que sale del edificio y que nos empuja hacia la
calle.
-
¿Qué dices, tomamos un café mientras esperamos que se vaya la gente?
Asiento
y Mulder me conduce bajando la manzana y a la vuelta de la esquina.
Caminamos un par de manzanas más y finalmente llegamos a un pequeño
restaurante, que a esta hora funciona como cafetería. Comparado con el
alborotado Centro Kennedy, no hay demasiada gente. Mulder escoge una mesa
tranquila en la parte de atrás y nos sentamos silenciosamente, tomando con
lentitud nuestras bebidas. Todavía me siento notablemente relajada gracias
a la música.
-
¿Te gustó a ti también? – pregunto, rompiendo nuestras meditaciones
individuales.
-
Sí – dice, echándose hacia delante sobre la mesa para reírse de mí -.
Es hermoso – yo río a cambio -. ¿Puedo hacerte una pregunta personal?
– dice suavemente.
-
Uh, adivino – siento curiosidad sobre lo que quiere saber. Él me hace
preguntas personales todo el tiempo y nunca parece sentir el impulso de
pedirme permiso.
Mulder
toma un sorbo de su capuchino, luego se inclina otra vez sobre la mesa.
-
Te he mirado en el concierto. Parecía como si te hubieras ido, como si
estuvieras en otra parte. ¿Por qué? ¿Me lo puedes explicar?
Miro
hacia mi taza de café, ruborizada al saber que efectivamente él me miraba
después de todo. Lucho por encontrar las palabras para describir la
experiencia.
-
La música escuchada así, en vivo, me hace sentir bien.
Levanto
la vista para encontrar a Mulder sonriéndome abiertamente, pero no en
broma. Cabecea ligeramente como si me animara a seguir. Cierro los ojos,
dejando paso a la oscuridad para que me recuerde aquel momento, el momento
en que la música me controló. No estoy segura de que se pueda explicar.
-
Cuando oigo una sinfonía, simplemente me siento viva. Las notas llegan tan
claramente, cada sonido, cada acorde es una parte de mí. Yo estoy envuelta
por aquel espacio grande, por las vibraciones de la música que se vierten
sobre mí. Al mismo tiempo, aunque me siento totalmente dentro de mí, estoy
lejos de todo lo demás que me distrae de ese esplendor.
-
¿Cómo es eso? – me interrumpe Mulder, con curiosidad en su voz.
Mantengo
los ojos cerrados.
-
Las notas bailan a través de mi piel. La música hace latir a mi corazón,
me hace respirar, mueve mi sangre como si fuera una cuerda salvavidas, una
conexión a todo lo que hay dentro de mí, a todo en el universo.
Me
paro de repente, sintiéndome tonta con mis palabras y las emociones que
subyacen en ellas. Abro los ojos para encontrar a Mulder que me mira
atentamente, con seriedad.
-
Eso es hermoso, Scully. Yo no tenía ni idea. Quiero decir que creo que
nunca he sentido algo así.
-
Sólo tienes que dejarte.
Mulder
me mira con una mirada extraña, como si se sorprendiera con mis palabras.
Supongo que son raras viniendo de mí, una mujer de perpetuo autocontrol.
-
Haces que parezca erótico – dice, echándose hacia atrás en su silla,
pero sin parar de mirarme de eso modo, como si acabara de aprender algo
fascinante sobre mí, como creo que ha hecho.
-
No erótico exactamente, pero sí sensual. La música puede conseguir eso.
Me hace sentir plenamente consciente de mí misma y eso es muy sensual.
-
Sí, ya veo – él se ríe de mí e inclina su cabeza. Esta conversación
está yendo demasiado lejos. Le he dicho más de lo que debería.
-
Es la rendición total. Como hacer el amor – sigo de todos modos, a pesar
de la intimidad de lo que ya he dicho. Mulder me mira asombrado, como si yo
en realidad le hubiese hecho una invitación. Está confundido, aunque
intente no demostrarlo. Finalmente desvía la mirada y juro que su mano
tiembla mientras recupera el control.
-
Deberíamos irnos – dice, sin encontrar mis ojos esta vez.
*****
Cuando
regresamos al apartamento de Mulder me dejo caer en su sofá. Los
acontecimientos de la tarde me han agotado, y los pies me matan. Me quito
los zapatos de tacón y los pongo a un lado. Mulder se cambia y se viste con
vaqueros y camiseta, la cual prefiere sobre un traje, mientras yo uso el
cuarto de baño para arreglarme. Cuando salgo, me encuentro con el lastimero
sonido de un solo de instrumento que reconozco al instante como el Bolero de
Ravel. Posiblemente la música más sensual jamás escrita. Mulder está
junto al estéreo, ajustando el volumen para que la apertura, normalmente
tranquila y sutil, suene lo suficientemente alto para que se pueda entender
con claridad. Me siento de nuevo en el sofá, preguntándome qué pretende.
Coge el mando a distancia y se sienta a mi lado.
-
Quiero que me lo muestres, Scully – le miro con curiosidad, confusa -.
Quiero que me enseñes qué es.
Estoy
segura de que mis ojos están como platos cuando le miro fijamente. Hay algo
intenso en su mirada fija en mí, algo arde sin llama detrás de esa
fachada.
-
Mulder, no funciona con música grabada. Es el efecto conjunto de una sala
de conciertos, instrumentos en directo y gente.
-
¿Cómo lo sabes? – me pregunta -. ¿Lo has intentado alguna vez?
Simplemente
le miro. La idea de que mi mundo privado sea tan atentamente observado me
incomoda.
-
Cierra los ojos – me dice.
Él
se desliza del sofá y se arrodilla a mis pies. Hago como me dice y cierro
los ojos, no sé por qué exactamente, sólo que todo está bien.
-
Escúchalo, Scully. Limítate a escuchar.
Aprieto
más fuertemente los ojos y me concentro en los sonidos. La música se eleva
con fuerza, cada parte más intensa que la anterior, el ritmo y el volumen
que aceleran poco a poco con el tiempo. Un oboe que llora, cuerdas punteadas
con fuerza para mantener el ritmo. La melodía se vuelve más compleja y los
instrumentos revolotean sobre la melodía básica, añadiéndole profundidad
y carácter.
-
Escucha – me dice Mulder tras varios pasajes -. ¿Puedes sentirlo?
Me
sorprendo cuando comienzo a perderme, cuando la música empieza a tomar
posesión del modo que yo habría esperado en una interpretación en
directo, pero no en la sala de estar de alguien. Mi sangre late al mismo
tiempo que las notas. Los instrumentos se acercan a mi cuerpo, dejando un
rastro de suave murmullo contra mi piel. Durante esos largos minutos me dejé
hipnotizar. Al solo de un instrumento se unen otros, además de varias
voces, algún alto, algún bajo, siempre siguiendo el ritmo de las cuerdas y
de la percusión, jugando con la melodía.
-
¿Qué sientes? – siento la voz de Mulder cerca de mí, susurrando en mi oído,
su respiración en mi sien, su peso sobre mi cuerpo como si se inclinara
hacia mí -. Dime qué sientes, Scully.
-
Me siento viva – digo sin pensar -. El suspiro de Mulder atraviesa mi
mejilla, cálido y alentador. Está cerca de mí, tan cerca...
-
¿Bailan las notas a través de tu piel? – pregunta, repitiendo las
palabras de mi anterior descripción, recordando lo que le conté. A pesar
del volumen creciente de la música soy capaz de oírle claramente, su voz
resaltando sobre la sinfonía debido a su familiaridad.
-
Sí – susurro suavemente, no muy segura sobre si ha sido algo más que el
aliento de una nota.
Entonces,
como en respuesta, los dedos de Mulder acarician mi brazo. El contacto es
ligero, las yemas de sus dedos pasan rozando mi piel, casi como las notas.
Si, exactamente como notas, trazados leves, apenas perceptibles, llegando y
yéndose antes de que yo los llegue a notar del todo. Su tacto recorre mis
brazos arriba y abajo, al ritmo de la música. Es como si estuviera jugando,
como si la música en mis oídos viniera de sí mismo, como si fuera él
quien controla las notas, los acordes, los instrumentos. En realidad puedo
sentir el sonido del tambor, de las cuerdas, uniéndose sobre mi piel en
hermosa armonía. Veo nuevamente el acariciar de los arcos, el balanceo hipnótico
de la batuta, todo capturado y completo tras mis párpados. Las trompetas se
unen a la música a mi alrededor, los cobres entonan sonidos ásperos en
contraste con la suave música de los instrumentos de viento, pero es un
maravilloso acoplamiento. El golpeteo constante, más rápido y pesado
ahora, proporciona unión, confianza, fe.
-
¿Qué sientes? – pregunta Mulder de nuevo.
Esta
vez percibo el leve roce de sus labios contra mi oído, sus dedos siguen su
melódico baile por mi cuello. Esto suena como un instrumento, siento en mi
cabeza una ruidosa prisa por ahogar los acordes de la música.
-
Me siento viva – digo, esta vez más fuerte, mi voz con el mismo volumen
que la música, combinada con las notas, haciéndome sentir más que viva, aún
relajada en mí misma.
Siento
a Mulder cerca, sus manos sobre mis hombros. Entonces siento un roce a un
lado de mi nariz y comprendo que es su nariz contra la mía, que él está
allí, a mi derecha, tan cerca. Sólo oigo y siento – la música, su
tacto, el alma – en una magnífica armonía de sentidos. Sé que si
inclino mi rostro un poco, mis labios encontrarán los suyos. Él es el
final. Siento su aliento, a la deriva sobre mi rostro; su nariz junto a la mía
otra vez. Dios, él está tan cerca, más cerca que la música, más cerca
que el sonido. Ahora la melodía serpentea por las octavas inferiores, que
me provocan temblores en el pecho. Levanto mi cara lo suficiente, mis labios
le tocan durante una fracción de segundo antes de que se alejen. Me detengo
y espero. Escucho. Las vibraciones de la música a través del piso de
madera palpitan bajo mis pies. El golpeteo recoge su volumen, su poder.
Ahora la melodía es tocada por mil instrumentos: cobres, cuerdas, viento,
percusión. Las manos de Mulder tocan mis tobillos, suben por mis piernas,
siguiendo la melodía nota a nota, fluyendo tan suavemente como la música.
Entonces sus manos alcanzan mis rodillas, bailando ligeramente sobre ellas
durante unos momentos. Para en el dobladillo de mi vestido, y sigue adelante
sobre mi pierna, paseándose hacia delante y hacia atrás, esperando... Mi
alma se balancea con el ritmo, guardando el tiempo, hinchándose más con el
incremento del volumen. Finalmente abro los ojos, terminando mi sumisión a
la música, liberándome con renuencia, pero necesitando mucho más a
Mulder. Sus ojos oscuros me encuentran, cerca de los míos otra vez, mirándome
profundamente, yendo más hondo que los acordes y la armonía. El golpear de
los timbales me rodea, palpitando en mi pecho, tan ruidosamente que creo que
mi corazón puede oírlos. En la mirada fija de Mulder se repite ese mismo
poder. Levanta su mano de mi pierna y me acaricia la mejilla. Va a besarme.
El tacto de sus labios es tan ligero, tan ligero, más ligero que la nota de
un flautín que he escuchado no sé si en los altavoces o dentro de mi
cabeza, no estoy segura. La nota se une a su beso, ligero y suave, cantando
sobre todo lo demás, revoloteando alrededor del firme ritmo que nos hace
continuar. El beso de Mulder me dibuja mientras la música sigue rodeándome...
La línea de la melodía alcanza su punto cumbre en un choque de platillos y
palpitación de timbales. La furiosa melodía resuena en las paredes y el
piso, luego se pierde repentinamente en el silencio. En mis oídos suena la
calma del sonido y el hecho de que los labios de Mulder bailan el vals sobre
los míos. La realidad de este momento llama a lo más hondo de mi
conocimiento mientras la música se aleja, dejándonos en silencio y juntos.
Y luego no hay nada más que el tacto de sus manos y de su lengua buscándome,
probándome y tocándome, inclinándose sobre mí, en mí. Me agarro
desesperadamente a él para guardar el momento en que se elevó con la música.
Ahora oigo su voz en el silencio melódico.
-
¿Qué sientes? – susurra una vez más, entre desesperados besos, el roce
de su voz a través de mis labios a la intemperie.
-
Me siento viva – contesto después de tres veces; jamás en mi vida he
querido decir tanto como en este momento.
La
única música que recuerdo es el calor de Mulder a través de mi piel, sus
manos sobre mi cuerpo, sus labios bailando sobre los míos. Nuestro deseo es
llevado a su fin entre cientos de notas y armonías diferentes. La necesidad
y el hambre resuenan en mis oídos y en mi cuerpo, punteado como un
instrumento, adaptado perfectamente a él, esperando para ser juzgado.